EL TIEMPO ILUMINADO: Tercera parte - Cap. I



Y al instante, sobre opalescente fondo cambiante, se fue dibujando el siguiente texto en pantalla:

Wells, Gandhi & Co. Novelas a la carta
Su petición. Género: Ciencia-ficción.
Subgénero: Viajes en el tiempo.
  1. Introducción.
(Sírvase leerla. Si la acepta, pulse ACEPTAR.
Si prefiere otro inicio pulse CANCELAR.)
2. Prólogo # Squid11.

El cosmonauta presionó F9 en el plano teclado dibujado en el escritorio, momento en que, sobre fondo azul, en una antiquísima fuente Courier 12, que las revistas electrónicas más avant-garde habían puesto nuevamente de moda, apareció el siguiente texto:


¿Se ha alimentado bien?... –al leer esto, Crayne maldijo entre dientes–. No olvide hacerlo. Bien. Ahora procure relajarse y atender. RECUERDE:
Si bien se piensa, la vieja aspiración del viaje en el tiempo, de no obedecer a una cierta estrechez de miras, no se negará que contiene un notable elemento de soberbia. Tratándose de una materia de ciencia tan avanzada, al abordarlo de manera racional, en su cabal tratamiento analítico, es muy fácil desviarse de lo correcto (lo natural). ¿Qué nos mueve a dicha afirmación? No aspiramos a comprender el tiempo (tanto como decir comprendernos a nosotros mismos) sino a desplazarnos a su través, como quien se sube a su automóvil y pisa el acelerador: a dominarlo, a poseerlo, a manipularlo sin más en nuestro beneficio. Sin embargo, ¿qué persona dotada de un mínimo de sentido común dejaría de conformarse con llegar, simplemente, a comprenderlo: su decurso inaprensible, sus extrañas fluctuaciones, sus límites aparentes, su profundo sentido pretermodinámico entrañando orden, caos, vida y muerte?
Imaginémonos científicos, científicos humanistas; por ejemplo arqueólogos aficionados. El tiempo invita. Salgamos al campo, provistos de nuestro pequeño neceser atestado de útiles y herramientas, el macillo de acero, la cámara holográfica, la lupa microscópica al cinto. No hay que ir muy lejos: busquemos por los alrededores de ese pantano tan prometedor, junto a Greenville. Deslumbrados por el sol de justicia, echamos mano de la gorrita de camuflaje. Procedamos. Desmenucemos con el macillo unas cuantas rocas sedimentarias, en una veta que localizamos hace tiempo a una decena de metros por encima del nivel del agua. Hoy por fin hemos tenido suerte. No tardamos en dar con el fósil de una criatura que vivió hace mucho, muchísimo tiempo; nada del otro mundo, apenas una larva, un bichito inofensivo, vulgar y corriente en su día, aunque adornado hoy con el nimbo de sus varios millones de años de antigüedad. Envolvamos con cuidado el trozo de roca en un trapo, guardémoslo en la mochila y llevémonoslo a casa. Allí será todo nuestro. Observémoslo igual que la pitonisa y el escritor fantasioso lo hacen con sus bolas y pirámides de cristal, indaguemos en su contorno y en su petrificado interior, dejando también que su textura pétrea alumbre en el nuestro su sentido biológico profundo, el mensaje asombroso que transmite, la fantástica condensación de un tiempo aparentemente muerto. Al romper las lascas que lo aprisionan, dos millones de años nos chillan su escandaloso secreto desde sus petrificados artejos y segmentos. Terrible si se piensa, ¿no es así?




© José L. Fernández Arellano (Nº R. P. I.: M-006562/2008)

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